miércoles, 24 de agosto de 2016

Inventar una palabra

Foto de Pedro Rovira Tolosana


Y de repente invento una palabra nueva
y la repito,
y suena tan bien,
que la vuelvo a repetir una y otra vez,
en susurros,
y cantando
y la silabeo con deleite
y la mezo en suave letanía,
como los niños en la escuela recitando los ríos de Europa.

Qué delicia paladear nuevas palabras, por el mero placer de escucharlas; se apoderan de las volutas de mi cerebro: unas retumban grandiosas, orondas como elefantes; otras suenan chiquitas, ronroneantes, enrolladas sobre sí mismas.

Luego caigo en la cuenta de que debería ponerle un significado a esa palabra,
coserle conceptos o acciones o cualidades que la conviertan en una palabra auténtica,
pero me niego a hacerlo, porque perdería su perfume de recién nacida,
—de qué llenarla, de arena, de espuma, de infierno—,
y porque a veces las palabras, como los amantes,
son más hermosas desnudas y vacías, se convierten en puro deseo, y así, tan completas en su sonoridad infinita, no necesitan nada más para abrazarlas.


Sí, solo quiero besar esa palabra, jugar con ella, palpar la vibración que extiende en el aire de esta noche de verano, dejarla volar hasta las estrellas; desde allí ella misma me gritará otra vez su nombre y me devolverá el soplo ingrávido de la creación libre y sin sentido.

sábado, 20 de agosto de 2016

Concurso de viajes, May, la isla de los pájaros


Allá por julio de 2014 hicimos un viajecito por Escocia y nos acercamos a la isla de May, en North Berwick. Aquí os dejo la crónica de la jornada, con la que recibí ese año el tercer premio en el concurso literario de la Hermandad de Empleados Caja Inmaculada. 

lunes, 9 de mayo de 2016

Reamanecer


Fotografía de Pedro Rovira, recorte de la instalación "Como pez en el agua" de Rosa Balaguer 

Hoy reamanecí, por vigésimo primera vez en este mes. Ha dejado de amanecer, porque cada día es diferente al anterior, tan nuevo que he de inventar palabras para nombrar las cosas que me encuentro durante la jornada, todas esas cosas que no existían ayer. Me he lavado la cara con frescugua y el rosaroma con el que limpié mis manos bajo el grifo aún permanece entre mis dedos. El único problema es que las monagas que me cuidan no me entienden y aunque trato de enseñarles las nuevas palabras, tan útiles para encarar el futuro, ellas se niegan a aprenderlas y se encochinan en utilizar expresiones antiguas que ya no tienen ningún significado para mí. Me mantienen encerrada en una blancodía cuyas paredes piden a gritos que las cubran de esa desnudez aséptica que me hiere los ojos con su resplandor, que arrebata el calor de mi cuerpo y de mi alma. Pretenden ayudarme con pastillas, una con el desayuno, otra con la comida, la última me produce un fundido en negro después de la cena. Odio que asesinen mis sueños, caer en noches negras y sin fondo. 
El otro día las oí decir que no soy peligrosa, que mi mansedumbre les da un poco de lástima. Lo que no saben es que esas aburridas píldoras —ni siquiera son de colores— acaban en la taza del escrufidor. Lo que tampoco saben es que hoy yo también soy otra, hoy mi nombre es Artorigard, y me siento poderosa, con una fuerza que crece en mi coriflor y me desborda por los ojos, por la boca, por los oídos. Sí, por mis oídos no entran sus palabras, de ellos sale una triunfante melodía que es la mejor arma para dominarlas. Danzan a mi alrededor al ritmo de esa música, temerosas, no saben como abordarme. Mis ojos también las atemorizan, bajan su mirada para no enfrentarse a ellos. Cuando me quede sola con una de ellas será el momento de utilizar el tenedor que llevo escondido en la manga. Con él, una a una, acabaré con todas, cruzaré el pasillo hasta la ventana y, por fin, volaré en aguilarad.

jueves, 28 de abril de 2016

Cartas apasionadas



Cada vez que le hablaba del último sobre rechazado, él le escribía una carta más larga, pidiéndole perdón. Ella no leyó ninguna, pero las guardaba en una caja con flores de lavanda, la hierba de los desengaños. La abría, y al ver su letra en el sobre, una punzada la atravesaba con el recuerdo de un verano de arena, buganvillas y noches de luna en un mar de cristal. Pero el aroma intenso le azuzaba el odio por la traición y trocaba la lágrima resbaladiza en puñales de venganza. ¡Ay, si pudiera quemar esas cartas…! Encendería la pira donde arderían los amantes con esa pasión que jamás la abrasó a ella.

* * *
Un relato para REC, de hace ya unas cuantas semanas

sábado, 23 de abril de 2016

La secretaria de don Alonso





Un pequeño homenaje a don Quijote, en el 400 aniversario de la muerte de Cervantes

* * *


Don Alonso arriba a la oficina, despeluchando su triste figura. Su secretaria, Claudia, observa el traje raído y demasiado pegado a sus huesos, debería comprarse uno nuevo, piensa, aún es joven y luciría como un galán, aunque ella sabe que si se priva de esos lujos es para poder pagarles a ella y a Sánchez el sueldo a fin de mes. Lo ve sentarse en la mesa con la mirada perdida en las nubes de la ventana. La camarera del bar de la esquina le ha servido como siempre el café, hoy se ha atrevido a mirarla de reojo, y, embelesado, le sonríe a su recuerdo. Aún conserva el sabor del café, aunque preferiría retener el de sus labios. Dulce, se llama, y así es, muchacha de miel y azahar…
La secretaria le pasa algunos documentos para firmar. Pero las letras de los informes se revuelven y se reordenan en un único y obsesivo nombre: Dulce. De repente sale de su ensueño, al percatarse de una inquietante ausencia.
—Claudia —pregunta bruscamente a la joven—, ¿y Sánchez?
—Bajó al café.
—¡Maldito Sánchez! —pero enseguida se disculpa: —Perdone, Claudia, no quería…
Se asoma a la ventana y ve en la calle a Sánchez, subiéndose el cuello de la chupa de cuero.
Claudia sabe que necesita un buen empujón:
—En vez de tanto libro de caballeros, dragones y ciencia ficción, debería leer alguna novelita rosa, de esas que le regala a su tía. Aprendería en ellas a regalarle unas flores, y a pedirle una cita...
—¿Pedirle una cita? ¿A quién?
—Vamos, no disimule, que he visto como mira a Dulce…
—Pero si no soy digno de ella...
—Reaccione, don Alonso. Mire que Sánchez la invitará a pasear en la vespa, le enseñará el atardecer desde la Rosaleda y se la llevará al huerto. Si lo sabré yo....
—¡Por favor, que mi Dulce es una dama...!
—Una dama, sí... ¡Pero no de piedra! Sánchez se las camela a todas. Pero no cabe duda de que usted, don Alonso, con su seiscientos, es mucho mejor partido; además tiene unos estudios, no como él… Si le lee unos versos de Neruda, la conquista seguro. Y si la tuteara...
—¿Tutearla? Eso es una falta de respeto a mi señora...
—¡¡¡Que falta de respeto ni que ocho cuartos!!! La moza tiene que estar ofendida, debe pensar que usted cree que tiene cuarenta y muchos en vez de treinta y pocos...
—Es como si la tuteara a usted, Claudia, no sería correcto.
—Pero si llevo ya seis años trabajando con usted, ¿no cree que podríamos tomarnos alguna pequeña confianza?
Don Alonso ya no la escucha, se vuelve a la ventana, coge el abrecartas y arremete contra las nubes; las pincha: ¡A la cargaaaaa…!
La moto de Sánchez pedorretea hacia el bar. Alonso duda todavía si bajar y adelantarle con el seiscientos. Su seiscientos es descapotable, además; aunque si llueve, no va abrir la capota, claro está. Por un lado, le duele traicionar al fiel Sánchez, pero… ¿Acaso ha pensado él en sus sentimientos? Coge las llaves del coche y se lanza escaleras abajo. Claudia, sonríe, pone los ojos en blanco y murmura: “Hombres…”.
Escucha un estrépito en la escalera y sale al rellano a ver qué ha ocurrido. Es Alonso que ha caído rodando, pero ya se ha levantado, este hombre estará escuchimizado, pero es más fuerte que un toro.
—¿Se encuentra bien?
—Entero y sin ningún hueso roto, hermosa Claudia, no se preocupe.
Sale del portal y divisa a Sánchez, está dejando la moto en la puerta del café, se apresura con el coche. Sabe que Dulce termina ahora su turno.
Dulce pasa la bayeta por la barra, cansada y aburrida, ni un minuto le queda para marcharse. Ve entrar a Sánchez y piensa que su horario de sonrisas ya se ha terminado. Mientras le pide un café, ella se está quitando el delantal.
—Ya he acabado por hoy, ¡Mari, guapa! —grita a su compañera—. Sírvele un café a Sánchez, anda.
—Con lo que me gusta que me lo sirvas tú, Dulce, caramelo de fresa. Si quieres, te invito a tomar algo fuera de aquí, te llevo en la moto donde quieras.
Dulce no lo soporta, esa melosidad bruta que parece manosearla…
—¡Uy, si está empezando a llover! —exclama Dulce, mirando a traves de la cristalera—. ¡Y me he  dejado el paraguas!
Pero ahí está Alonso, en la puerta, con una tímida sonrisa asomando entre las barbas que con una vocecilla, que apenas oye el cuello de su camisa, le dice:
—Precisamente tengo el coche aquí al lado, si quiere, puedo acercarla a su casa.
—Ay, qué amable es usted don Alonso, ya no quedan caballeros así más que en las películas. Un segundo que cojo mis cosas y salgo con usted.

En un momento, Dulce mata dos pájaros de un tiro: se ha librado del pesado de Sánchez, y ha conseguido coche para no mojarse. Salen y se alejan por la avenida, bajo la lluvia. El parabrisas lagrimea y el limpiaparabrisas escupe el agua, con un estruendoso roce  de gomas viejas. Qué manera más prosaica de cargarse el romanticismo de la lluvia tiene este seiscientos, piensa Alonso. Sánchez los sigue, culebreando con su moto pedorreta, como si fuera la escolta del caballero de la triste figura. Que ya no es triste, no. Sonríe. Sonríe acordándose del abrecartas que pinchó las nubes, sencilla arma de chupatintas, pero una espada es una espada aunque solo sea de un palmo de largo. Y en esa sonrisa encuentra Dulce al nuevo don Alonso, que se burla de Sánchez y celebra el brillo de unos ojos verdes.

jueves, 14 de abril de 2016

Ola desde la isla desierta





El día que una ola salte más de lo convenido barrerá esta isla desierta, me alzará en su cresta y me depositará en la playa en la que nos conocimos. Tú estarás allí paseando. Quizá vayas de la mano con él, como nosotros en los buenos tiempos. Te acercarás con curiosidad a este pecio vencido. Seguramente no me reconocerás, la isla me ha cambiado tanto, por fuera y por dentro. Pronunciaré tu nombre, mi voz provocará una resonancia en tu memoria. Pero si no consigue tu temblor, si no me abrazas, un maremoto me arrastrará. Solo un beso puede atar el mar, hacerlo bailar a tu alrededor como un perrillo.

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Relato para REC del 7 de abril

miércoles, 13 de abril de 2016

Encuentro con Tadzio




Voy a un colegio en la provincia de Tarragona, a dar una charla a niños que han leído uno de mis libros. Comienzan a entrar los chavales en el aula, yo estoy en la tarima esperándolos. Entonces aparece entre ellos Tadzio. Sí, un niño idéntico a Tadzio el guapísimo principito polaco de la película “Muerte en Venecia”, de Visconti. Los mismos bucles rubios, el mismo corte perfecto del rostro, los mismos ojos atentos e inteligentes que me atrapan. Se sienta en la tercera fila del aula, frente a mí. Mientras el profesor del colegio me presenta no puedo dejar de contemplarlo, apenas puedo creer lo que estoy viendo. Él también me mira, serio y atento, y sus ojos me transportan al Lido, estoy recostada en una hamaca de playa contemplando al joven Tadzio sentado junto a la orilla. Lleva un jersey azul oscuro por cuyo cuello de pico asoma la camisa azul cielo, pero le sienta igual de bien que su habitual traje blanco de marinero, con esa elegancia natural y esa belleza que alumbra cualquier indumentaria. Oigo el mar y entre el murmullo de las olas, suena mi nombre, Purificación. Es la voz del profesor, que me saca levemente del ensueño, y como no deseo dejar de soñar, he de hacer un esfuerzo para volver, me digo firmemente: Puri, no, no estás en Venecia, ni en el Lido, esto es el colegio Camp Joliu, en Arbós, te encuentras delante de unos cincuenta niños, todos con el mismo uniforme azul marino y tienes que dejar de mirar a  Tadzio, por lo que más quieras, o se va a mosquear.
Los cincuenta niños se materializan en el aula soleada de la tarde y empiezo la charla. Les cuento cómo el dragón Waldo consigue salir de un libro y meterse en otros, y mi pequeño Tadzio me tiene tan prendada de él como al propio compositor protagonista de la película. Cambio de vez en cuando de interlocutor dirigiendo la mirada a los otros chicos, pero siempre que vuelvo a toparme con él permanezco unos instantes en esos ojos que me llevan a la melancolía de un Lido que ya no existe, de un balneario que se derrumbó. Con el turno de preguntas puedo liberarme de sus ojos, al saltar a los de otros muchachos curiosos que preguntan; él también hace un par de preguntas —no, no me pidáis recordar qué pregunta, solo soy consciente de su mirada— y cuando al final de la charla llega el momento de las dedicatorias en los libros y los chicos van pasando en fila a que les firme su ejemplar, por fin el muchacho se acerca a mí. Estoy a punto de escribir en su libro: “Para Tadzio”, porque ni siquiera en la proximidad el parecido se difumina, sino que se acentúa; pero su jersey azul me devuelve a la realidad —la única diferencia es ese atuendo, lástima que no sea blanco— y le pregunto su nombre. Tadzio resulta ser hoy Pablo y ese “Para Pablo” me distancia un poco de él, pero le digo que se parece al protagonista de la película Muerte en Venecia, sé que él no la conocerá, pero le sugiero que les pregunte a sus padres por ella. Contemplo a Pablo que se aleja con su libro bajo el brazo, lleva en él mis palabras que le desean sueños de dragones. Ahora sé que me hubiera gustado dedicarle ese libro con estas palabras: “Para Pablo, que me llevó a Venecia de la mano de Tadzio, con esos ojos que nunca volveré a ver”.

* * *

Que me perdone Bjorn Andressen, el actor que encarnó a Tadzio, por utilizar su imagen, sé que no le gusta recordar a ese personaje que le dio fama mundial por su belleza. Sé también que él fue y es mucho más que un chico guapo. Pero la aparición de este niño me llevó de nuevo a esa película decadente y hermosa, cuyas imágenes y sentimientos todavía guardo en la memoria, y deseaba contar lo que sentí ante la mágica aparición de Tadzio en un colegio.