lunes, 6 de abril de 2015

La bola de los sueños


Mi amiga Alejandra Fernández y yo hemos vuelto a colaborar juntas en el libro: “La bola de los sueños”, que ya ha salido publicado.



En este cuento, te regalamos una bola mágica: ¡agítala para soñar!

Adrián ha conseguido que mamá le compre una bola de cristal, que contiene un París en miniatura en el que nieva. Adrián descubre que se trata de una bola mágica: ¡agitándola, puede entrar en ella! Pero la bola se rompe cuando su hermana juega con ella...

En el book trailer puedes empezar a saborear las ilustraciones de Alejandra:




Está publicado por la editorial BABIDI-BÚ, puedes verlo aquí

Pídelo en tu librería. En Zaragoza, en Librería París, Olé tus libros y El Armadillo Ilustrado.

Y también lo puedes comprar por internet aquí



lunes, 2 de marzo de 2015

La llamada





Primero las oímos lejos, un rumor que fue creciendo conforme se aproximaban, y cuando estuvieron sobre nuestras cabezas, su gruir se volvió tan intenso que nos hizo mirar al cielo para descubrirlas volando sobre los tejados. Las grullas regresaban a su hogar en el norte, como cada año en febrero. El niño en el arenero fue el primero en reaccionar: la vibración de su canto le puso inmediatamente en pie, arrojó la pala al suelo y salió corriendo tras ellas. A él le siguió su padre, y una perrita que arrastró con la correa a su ama, la abuela del abrigo negro, emocionada con esas alas que parecían haberle crecido en los pies. En cada esquina nos incorporamos a la carrera otros más, también se nos unió el ciclista y el señor con el carrito de la compra, y hasta la mujer ensimismada, que gracias a la llamada de las grullas volvió a percibir el mundo. Y así fue como todos, impulsados por su gru-gru envolvente, abandonamos la ciudad en busca de la primavera.

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Para el viernes creativo del 26 de febrero en el bic naranja.
Un homenaje a las grullas que pasaron el sábado por Zaragoza, y que despertaron nuestras ansias de primavera.

martes, 17 de febrero de 2015

Pasen y vean

Se dirige a la jaula de los leones para demostrarle cuánto se equivoca: el circo no es siempre lo mismo. Le recibe un rugido desganado del macho; la leona yace medio dormida, perezosa. Abre la jaula. Ruge más fuerte y le muestra los dientes, la leona se levanta. Mira al león fijamente a los ojos.
—Sin látigo —dice arrojándolo lejos.
Marta trata de detenerlo:
—¡Ya hemos quitado la red, tengo a los trapecistas en la ambulancia! ¿Es que piensas cargarte también al domador?

—No —contesta su hermano mientras con su mano derecha toma al león, con la izquierda a la leona, los guía esquivando al domador —. Ahora les toca a los espectadores. 

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Este ha sido mi último microrrelato para el concurso Rec, relatos en cadena.  Y a continuación os dejo el breve de mi marido, Pedro Rovira:

No es tan fiero el león…
Se dirige a la jaula de los leones para demostrarle cuánto se equivoca. Comprobado: los leones no son vegetarianos.


lunes, 29 de diciembre de 2014

Perdidos



Untitled, 2000 ©Jerry Uelsman
Perderme en el bosque, contigo. Era la única forma de volver a jugar juntos, nuestra aventura de los domingos, cuando papá y mamá dormían la siesta en sus hamacas bajo los pinos y las chicharras serraban el aire caliente perforándonos los oídos. Ellas me llamaban, me agitaban el corazón de exploradora, haciéndolo vibrar con un cosquilleo nervioso que me impedía estar quieta. Tú me esperabas en el sendero, ese que parecía no tener fin y caminábamos alejándonos del coche, de la mesa de camping con restos de comida, de la seguridad familiar. El sendero no tenía emoción ninguna, tú lo sabías bien. Así que decías, por ejemplo: “Hoy, veinte pasos, y nos metemos a la izquierda”, y yo asentía, con el corazón en un puño. “…dieciocho, diecinueve y… ¡veinte!”, contabas, y penetrábamos en la espesura, esquivábamos los pinchos afilados de los espinos y las zarzas, corríamos con emoción entre las hayas bajo su sombra cada vez más oscura. El sabor del miedo me empujaba a seguirte, pero con precaución: Pulgarcito me enseñó que echar migas de pan era inútil para encontrar el camino de vuelta; tu experiencia, que no siempre se consigue volver. Por eso me fijaba bien en todo aquello que pudiera servirme de referencia: el árbol retorcido bajo el que pasábamos agachados, los tres troncos cortados, el enorme roble que en realidad eran dos juntos, cuyos pies se unían enredando sus raíces. 
Una tarde me propusiste un juego nuevo: debía taparme los ojos con un pañuelo, y confiar en ti; después de tanto tiempo, conocías el bosque como la palma de tu mano. Por la seguridad que habías demostrado en nuestras últimas exploraciones, me dejé hacer. Me llevaste de la mano a través de arbustos que me arañaban las piernas, me hiciste recorrer un laberinto a ciegas, con más vueltas de las que esperaba. Mientras caminábamos me contabas que te encontrabas muy solo, que las noches se te hacían muy largas en el bosque, que echabas de menos los tiempos en que dormíamos en la misma habitación y mamá venía a darnos un beso antes de dormir. Eso me hizo sospechar. Quise quitarme la venda, pero me lo impediste, comenzaste a hacerme girar como si fuera la gallinita ciega. “¡Para, para ya!”, chillé, a punto de llorar y entonces dijiste: “Está bien, ahora ya es suficiente”. Cuando me quité el pañuelo, habías desaparecido. Nunca lo habías hecho antes de llegar de nuevo al camino. Y entonces, como tú aquella tarde, yo tampoco sabía cómo volver.

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Para el viernes creativo del 12 de diciembre en el bic naranja.

domingo, 28 de diciembre de 2014

En el libro de la vida



Diplopia, ©Alec Dawson


Entre tus piernas leo el libro de la vida. Voy pasando las páginas, las acaricio con ternura, las beso y las olisqueo con mi hocico inquieto, que se desboca al acercarse a mi sacerdotisa del amor. La hendidura del deseo se abre ante mí, un imán que me absorbe a tu interior. Y las páginas arden con el roce de nuestros cuerpos y sus letras se graban a fuego en nuestra piel, en nuestros labios, en los últimos jadeos del placer.

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Para el viernes creativo de el bic naranja

lunes, 22 de diciembre de 2014

Viernes creativo


©Troy Brooks

Estaba seguro de que su hermana gemela no derramaría ni una lágrima por ella. Algunos pensarán que cuando perdió su ojo, se secaron para siempre sus lágrimas, pero la verdad es que nunca las tuvo para su rival más odiada. Con la misma frialdad aséptica con que representa sus juegos de ilusionismo en el escenario, la abandonará en el suelo, caminará hasta el salón con pasos medidos y elegantes, abrirá la ventana, se fumará un cigarrillo en su boquilla plateada y después, llamará a urgencias. Aparentemente sin tocar nada, habrá limpiado todas las pistas que puedan inculparla. Todas, menos una: yo me quedaré al lado de mi querida Marge, pues por mucho que la maga insiste en meterme en su chistera, me resistiré con fuerza a sus deseos.

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Un nuevo relato para el último viernes creativo de el bic naranja. Más relatos, más historias de viernes, aquí

domingo, 30 de noviembre de 2014

Musa y sirena


©Jamila Clarke

Quiero contarte mi historia pero no me atrevo a mirarte a los ojos. Quizá porque tus ojos, tu boca, tu cabello, se parecen demasiado a los del hombre que amé. Aquel hombre me escribía versos, cada hora, cada día, me cubría de versos. Yo los guardaba en una maleta pequeña y cuando casi la llené decidí fugarme con aquel genio literario que me llamaba musa y sirena, que me acariciaba en sus poemas con la misma pasión con la que me amaba en la cama. Solo añadí a la maleta mi neceser y una muda limpia, y con eso dejé mi casa, pues entonces creía que no necesitaba nada más: ¿para qué quería vestidos, ni chaquetas, si sus palabras me arropaban?; ¿para qué quería libros si sus letras eran las más hermosas que jamás había leído? Al principio, nuestro hogar era el jardín del edén, siempre cálido, rebosante de placeres, me alimentaba de caricias y palabras hermosas. Yo le adoraba, le cuidaba, vivía solo para mi amante. Con el tiempo, los versos se espaciaron, las caricias se secaron en sus manos, y una marea de ginebra lo retenía hasta la madrugada en bares de mala muerte, insonorizados contra los cantos de sirena. ¿Y la musa, te preguntarás, qué fue de la musa? Todos los artistas saben que una musa se apaga si no la miran a los ojos. Un día rehice mi maleta, metí mi neceser y sus versos, y me marché de esa casa donde la indiferencia me acosaba en cada rincón. ¿Los versos, dices? Me costó librarme de ellos, una y otra vez los leía, y mis lágrimas corrían la tinta en el papel, pero desgraciadamente, me los sabía de memoria. Por eso los arrojé en el puerto, donde las gaviotas se encargaron de sacarles los ojos, picotearles las tripas y arrancarles mis entrañas envenenadas por su amor.


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Un nuevo relato para el viernes creativo de el bic naranja. Más historias, más relatos sobre esa maleta,  en el bic naranja