miércoles, 23 de abril de 2014

El día que llovieron libros


Ilustración de Juanlu

Aquel día llovieron libros. Cayeron goterones de páginas y más páginas, lluvia de brujas, porque hacía un sol espléndido. Los paraguas no servían de nada, acababas empapado de poesía, de cuentos, de palabras hermosas, de nostalgia, de felicidad, de desamor… Y no te atontaban, todo lo contrario, ¡te espabilaban! Como la lluvia fresca de primavera, te hacía abrir los ojos y respirar fuerte. Y además olía muy bien, un perfume diferente en cada gota.
Pasamos el día en la calle, jugando con los libros, era fácil esconderse en ellos, transformarse en pirata o en trapecista, y la Reina de Corazones nos buscaba frenéticamente, pero la espantábamos con el Rey Arturo… Había también besos entre las páginas y algunas lágrimas, pero incluso las lágrimas nos hacían sentir que estábamos vivos, tan vivos que pensábamos que no moriríamos nunca.
Fue un día intenso, intenso y muy húmedo, aunque brillaba el sol. Lluvia de brujas, volvió a decirnos la abuela cuando volvimos al hogar.

Al meternos en la cama seguía lloviendo. Abrimos la ventana y con el murmullo de las palabras de los cuentos, nos dormimos, nos imaginamos, nos rendimos a los sueños.

San Jorge, día del libro y día de Aragón



Aquí irán mis libros de hoy después de haberlos leído. ¡Ay, madre, ¿dónde los meto?!

Para celebrar San Jorge, y para celebrar Aragón, los aragoneses montamos una gran fiesta de los libros. Por ejemplo, puedes acercarte a vivir y participar en el desfile de la humanidad ociosa por el paseo de Independecia de Zaragoza.  Los libros salen a la calle, de la mano de los libreros y de sus autores, para acercarse a los paseantes. Sol esplendoroso, achicharrante, parece que nos vamos a fundir, pero los libros resisten, los libreros aguantan con sombreros de paja y paraguas de colores, los autores renacen de su propio charquito de sudor para charlar con sus seguidores y los lectores tomamos un respiro bajo las hojas de los tilos y cuando ya no podemos más nos cambiamos al tendido de sombra en la acera de enfrente del paseo. 
Además de libros, el detalle de un clavel y marcapáginas, bonitos marcapáginas para mi colección…





Los niños consiguen que sus padres les compren, por fin, un libro. Uno al año, no hace daño. Los niños se van como niños con zapatos nuevos con un libro entre las manos donde les ha estampado su firma un autor de la tierra. Y los papás, los papás disfrutan como niños…


Y qué decir de las obras de arte que te dibujan los ilustradores para dedicarte sus creaciones…
Tenemos también pequeños editores que hacen libros preciosos... Como Jekill y Jill, (aquí abajo) y Tropo y Nalvay....



Los libros que han caído hoy: No hace mucho tiempo, de Jimmy Liao, con sus preciosos dibujos en blanco y negro y donde nos cuenta su camino hasta convertirse en ilustrador. Y el pequeñín Micropoemas 2, de Ajo. Me gustó tanto el primero que leí de ella que no he podido resistirme a esta poesía breve pero intensa, llena de vida, de vida de hoy.



Disfruta de los libros, pasea, mira, toca, lee… Únete a nuestra fiesta. Y que sea para ti fiesta de los libros todas las semanas del año.


martes, 22 de abril de 2014

Retorno al Matarraña



Río Ulldemó, en la comarca del Matarraña
De mi album de fotos

He dejado atrás los cantos rodados del río, sus aguas verdosas, la pequeña cascada en la que jugábamos de niños. Asciendo paso a paso, sin prisas, entre las flores de romero, las aliagas, los enebros. A pesar de la marcha sosegada, la cuesta prolongada cuesta, el sobrealiento me desborda. Aún no he alcanzado la cima, pero me detengo. Contemplo el paisaje. Peñas sobrias y solemnes. Buitres planeando. Soledad.
Escucho el silencio.

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Me lo jode el estruendo de un avión que pasa. Resonancias de la civilización, de la que él siempre trataba de huir. Afortunadamente, pronto vuelve el silencio. Aquí nada habla de humanidad, como a él le gustaba.

Le echo de menos. A pesar del vacío que me dejó, estará siempre conmigo. Necesitaba echar su cuerpo monte arriba, sentir el contacto con esta naturaleza que tanto amaba. Por eso estoy aquí: esparciré sus cenizas por el barranco, para que regrese a ella, para que cabalgue en el viento a fundirse con su madre tierra.

sábado, 19 de abril de 2014

A mi querido Gabo




Gabo me enseñó que los cuentos podían tener olor, sabor, color, roces, magia y pies bailando en la tierra o chapoteando en el fango, y personajes siempre llevados más allá de cualquiera de nuestras experiencias. Su primera novela que leí fue Cien años de soledad, que me arrastró por esa extensa saga que habitaba Macondo, de la que recuerdo como si estuviera viéndolas ahora mismo las mariposas amarillas que rondaban al amor. Luego vendría el verano que soñé en mi sillón orejero con El amor en los tiempos del cólera, y más tarde los días de lluvia con El coronel no tiene quien le escriba. Me paseé por La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, y descubrí el fogonazo certero, la puñalada del destino directamente trazado de Crónica de una muerte anunciada, uno de los libros que más me impresionó, con su brevedad y su coro de voces que confluían en un destino inamovible.
He estado revisando las fichas que hacía en mi juventud, sobre libros leídos —sorprendiéndome de la maravillosa letra y la limpieza de las fichas y los cuadernos, igual que ahora, jaja— para ver qué había recogido en ellos de esas lecturas y sabía que no estarían mis libros preferidos de Gabo, por esa tendencia mía a la anarquía, de este libro recojo alguna cita, pero de aquel no, simplemente por dejadez, no porque no merecieran la pena… Y he encontrado estos fragmentos, entre otros, extraídos de La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada:

“Lo que más me gusta de ti es la seriedad con que inventas los disparates”

“Una tarde, al final de un desfiladero opresivo, percibieron un viento de laureles antiguos y escucharon piltrafas de diálogos de Jamaica, y sintieron unas ansias de vida y un nudo en el corazón y era que habían llegado al mar.”

“Ulises permaneció contemplándola un largo rato sin despertarla, pero la contempló con tanta intensidad que Eréndira despertó. Entonces se besaron en la oscuridad, se acariciaron sin prisa, se desnudaron hasta la fatiga, con una ternura callada y una dicha recóndita que se parecieron más que nunca al amor”

Y buceando por ahí he encontrado también esto:
“El coronel Aureliano Buendía apenas sí comprendió que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”.

Que sirvan unas pocas de sus palabras para recordarle y animarnos a leer y releer esas obras que nos hicieron soñar y pensar en el destino de los hombres, en el amor y en todo aquello que lleva la humanidad sobre sus hombros.

viernes, 18 de abril de 2014

Con guantes


Encontré un par de guantes de piel entre un montón de ropa y cachivaches de segunda mano, estaban nuevos. Eran preciosos, rojos en la palma y negros en el dorso, me los probé y aunque tengo una mano grande, de dedos largos, eran exactamente de mi talla. Dudaba si cogerlos o no, me marché sin ellos, pero al llegar al final de la calle di media vuelta y regresé al puesto ambulante: ahí seguían, seduciéndome desde la cima del revoltijo de prendas, y los compré sin regatear. Cuando me alejaba pensé contenta que contrastaban con mi abrigo negro, me darían un aspecto muy chic con su rojo desenfadado, atrevido, y todo ello combinado con la elegancia de su dorso negro.

Me puse un guante, acaricié su suave piel con deleite, me puse el otro como en un ritual, me subí la solapa del cuello del abrigo, en el retrovisor de un coche me pinté los labios con un rojo pasión como el de los guantes, me calé el sombrero de ala corta, envolviendo mi mirada en un halo de secreto y misterio; recorrí con paso decidido las callejuelas camino de mi hotel, tan atractiva y segura como una actriz de cine. Bajo la luz de las farolas, enredando el aire con los dedos enfundados en piel, me sentía una ladrona en la noche, esa ladrona que deseaba ser cuando era niña y me disfrazaba con los guantes de piel negros de mi madre y con una linterna registraba la casa en busca de tesoros, de joyas que robar. “Ladrona de corazones”, me dijo el joven ascensorista del hotel con una sonrisa, al hilo de mi pensamiento. Podía ser mi hijo, por eso le contesté atravesándole los ojos: “Y de diamantes en bruto”, y le mostré balanceándose el número de la llave de mi habitación. “A las doce acabo mi turno”, susurró él sin dejar de mirarme a los ojos. “Puedo esperar”, dije con indiferencia y añadí: “¿con guantes o sin guantes?”. “Con guantes, por supuesto…” pidió él.

—Adelante —le dije cuando llamó a la puerta, le esperaba tumbada en la cama con los guantes como único vestido—, soy tu Guantecita roja.
—Y yo tu lobato feroz —contestó.
También llevaba guantes, guantes blancos de cabritilla, que acariciaron mi espalda con la suave y delicada piel y sus labios eran un dulce hocico que cosquilleaba desde el ombligo hasta mis senos y en el instante que iba a devorarme toda entera mis guantes se volvieron pimientos y la lujosa habitación se transformó en mi casucha destartalada con techo de uralita y la única posibilidad de huir fue arrojarnos abrazados al abismo de los besos, con la determinación de un ascensor que se precipita en caída libre desde el piso veintidós hasta estrellarse en el suelo.

Entre los restos del ascensor alguien encontró un par de guantes rojos y otro par blancos, ambos con los dedos enlazados; se hallaban sobre dos cuerpos voluptuosos, que guardaban el placer en sus labios y en el interior de sus ojos cerrados.

jueves, 17 de abril de 2014

Expiación






Y me gané el cielo tras probar las brasas del infierno de sus labios.



jueves, 10 de abril de 2014

Búscame en los puentes



Fotografía de Pedro Rovira Tolosana


—Búscame en los puente, me dijo por el móvil, sin darme más pistas.
—¿En los puentes? ¿Pero en qué puente? ¡Que esta ciudad tiene ocho puentes!!!
—Tú búscame y me encontrarás, como en Rayuela, ¿te acuerdas? —y colgó sin más explicaciones.

Sería como en Rayuela, salir a buscarla, al encuentro de los cuerpos y de los labios que susurran palabras al oído, a cazar en las esquinas besos robados al crepúsculo… Si hubiera pensado cual sería el puente que ella elegiría, me habría dirigido al de piedra, el más romántico, el puente de los enamorados, porque nosotros éramos enamorados clásicos, de los de antes, no necesitábamos un puente donde enganchar un candado con nuestras iniciales como los jovenzuelos de ahora, los clásicos preferíamos la belleza austera de la piedra que cargaba con siglos de historia y esa rugosidad áspera que nos gustaba acariciar con nuestras manos posadas en el pretil, y el ambiente dulcemente amarillo de las farolas bañándonos con su luz. Pero para jugar a encontrarse no había que pensar, sino dejarse llevar por los pies libres y andarines, por eso crucé el puente de Santiago, con pasos titubeantes por la ansiedad de no verla, pero con la confianza de que a ella le gustaba perderse para encontrarse y yo debía ser también un vagabundo que husmeara por instinto sus pasos, y ascendí por la margen izquierda, hacia la expo, pero si nunca hemos ido juntos a la expo, me dije, y cuando caí en la cuenta de mi error, ya era demasiado tarde y el  atardecer sonrojaba el lecho del río como coloretes ingenuos en el rostro de una joven que se maquilla con algodones rosas, y el vestido del río bajaba teñido de un azul oscuro, con pliegues de olas suaves; yo me sentía también azul, como ese azul de los ingleses que habla de tristeza, pero esa tristeza que viene de dentro, con un sabor dulce, con la añoranza de lo que una vez existió pero se escapó de nuestros dedos y que también guarda en su oscura tonalidad una pizca de esperanza, y en aquel paisaje mágico adiviné una sombra escurridiza bajo el lanzón, atrapada por los tirantes del puente y sin creer que fuera ella, pero deseándolo, corrí a cruzar la pasarela solitaria —esta comenzó a temblar bajo mis pisadas—, la figura permaneció parada, esperándome en el centro, y, tras la rayuela de cristales sucios —sin números, sin piedra, atiborrados de grafitis— se encontraron nuestros labios, diluidos en la galaxia de la ciudad recién encendida.