jueves, 28 de abril de 2016

Cartas apasionadas



Cada vez que le hablaba del último sobre rechazado, él le escribía una carta más larga, pidiéndole perdón. Ella no leyó ninguna, pero las guardaba en una caja con flores de lavanda, la hierba de los desengaños. La abría, y al ver su letra en el sobre, una punzada la atravesaba con el recuerdo de un verano de arena, buganvillas y noches de luna en un mar de cristal. Pero el aroma intenso le azuzaba el odio por la traición y trocaba la lágrima resbaladiza en puñales de venganza. ¡Ay, si pudiera quemar esas cartas…! Encendería la pira donde arderían los amantes con esa pasión que jamás la abrasó a ella.

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Un relato para REC, de hace ya unas cuantas semanas

sábado, 23 de abril de 2016

La secretaria de don Alonso





Un pequeño homenaje a don Quijote, en el 400 aniversario de la muerte de Cervantes

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Don Alonso arriba a la oficina, despeluchando su triste figura. Su secretaria, Claudia, observa el traje raído y demasiado pegado a sus huesos, debería comprarse uno nuevo, piensa, aún es joven y luciría como un galán, aunque ella sabe que si se priva de esos lujos es para poder pagarles a ella y a Sánchez el sueldo a fin de mes. Lo ve sentarse en la mesa con la mirada perdida en las nubes de la ventana. La camarera del bar de la esquina le ha servido como siempre el café, hoy se ha atrevido a mirarla de reojo, y, embelesado, le sonríe a su recuerdo. Aún conserva el sabor del café, aunque preferiría retener el de sus labios. Dulce, se llama, y así es, muchacha de miel y azahar…
La secretaria le pasa algunos documentos para firmar. Pero las letras de los informes se revuelven y se reordenan en un único y obsesivo nombre: Dulce. De repente sale de su ensueño, al percatarse de una inquietante ausencia.
—Claudia —pregunta bruscamente a la joven—, ¿y Sánchez?
—Bajó al café.
—¡Maldito Sánchez! —pero enseguida se disculpa: —Perdone, Claudia, no quería…
Se asoma a la ventana y ve en la calle a Sánchez, subiéndose el cuello de la chupa de cuero.
Claudia sabe que necesita un buen empujón:
—En vez de tanto libro de caballeros, dragones y ciencia ficción, debería leer alguna novelita rosa, de esas que le regala a su tía. Aprendería en ellas a regalarle unas flores, y a pedirle una cita...
—¿Pedirle una cita? ¿A quién?
—Vamos, no disimule, que he visto como mira a Dulce…
—Pero si no soy digno de ella...
—Reaccione, don Alonso. Mire que Sánchez la invitará a pasear en la vespa, le enseñará el atardecer desde la Rosaleda y se la llevará al huerto. Si lo sabré yo....
—¡Por favor, que mi Dulce es una dama...!
—Una dama, sí... ¡Pero no de piedra! Sánchez se las camela a todas. Pero no cabe duda de que usted, don Alonso, con su seiscientos, es mucho mejor partido; además tiene unos estudios, no como él… Si le lee unos versos de Neruda, la conquista seguro. Y si la tuteara...
—¿Tutearla? Eso es una falta de respeto a mi señora...
—¡¡¡Que falta de respeto ni que ocho cuartos!!! La moza tiene que estar ofendida, debe pensar que usted cree que tiene cuarenta y muchos en vez de treinta y pocos...
—Es como si la tuteara a usted, Claudia, no sería correcto.
—Pero si llevo ya seis años trabajando con usted, ¿no cree que podríamos tomarnos alguna pequeña confianza?
Don Alonso ya no la escucha, se vuelve a la ventana, coge el abrecartas y arremete contra las nubes; las pincha: ¡A la cargaaaaa…!
La moto de Sánchez pedorretea hacia el bar. Alonso duda todavía si bajar y adelantarle con el seiscientos. Su seiscientos es descapotable, además; aunque si llueve, no va abrir la capota, claro está. Por un lado, le duele traicionar al fiel Sánchez, pero… ¿Acaso ha pensado él en sus sentimientos? Coge las llaves del coche y se lanza escaleras abajo. Claudia, sonríe, pone los ojos en blanco y murmura: “Hombres…”.
Escucha un estrépito en la escalera y sale al rellano a ver qué ha ocurrido. Es Alonso que ha caído rodando, pero ya se ha levantado, este hombre estará escuchimizado, pero es más fuerte que un toro.
—¿Se encuentra bien?
—Entero y sin ningún hueso roto, hermosa Claudia, no se preocupe.
Sale del portal y divisa a Sánchez, está dejando la moto en la puerta del café, se apresura con el coche. Sabe que Dulce termina ahora su turno.
Dulce pasa la bayeta por la barra, cansada y aburrida, ni un minuto le queda para marcharse. Ve entrar a Sánchez y piensa que su horario de sonrisas ya se ha terminado. Mientras le pide un café, ella se está quitando el delantal.
—Ya he acabado por hoy, ¡Mari, guapa! —grita a su compañera—. Sírvele un café a Sánchez, anda.
—Con lo que me gusta que me lo sirvas tú, Dulce, caramelo de fresa. Si quieres, te invito a tomar algo fuera de aquí, te llevo en la moto donde quieras.
Dulce no lo soporta, esa melosidad bruta que parece manosearla…
—¡Uy, si está empezando a llover! —exclama Dulce, mirando a traves de la cristalera—. ¡Y me he  dejado el paraguas!
Pero ahí está Alonso, en la puerta, con una tímida sonrisa asomando entre las barbas que con una vocecilla, que apenas oye el cuello de su camisa, le dice:
—Precisamente tengo el coche aquí al lado, si quiere, puedo acercarla a su casa.
—Ay, qué amable es usted don Alonso, ya no quedan caballeros así más que en las películas. Un segundo que cojo mis cosas y salgo con usted.

En un momento, Dulce mata dos pájaros de un tiro: se ha librado del pesado de Sánchez, y ha conseguido coche para no mojarse. Salen y se alejan por la avenida, bajo la lluvia. El parabrisas lagrimea y el limpiaparabrisas escupe el agua, con un estruendoso roce  de gomas viejas. Qué manera más prosaica de cargarse el romanticismo de la lluvia tiene este seiscientos, piensa Alonso. Sánchez los sigue, culebreando con su moto pedorreta, como si fuera la escolta del caballero de la triste figura. Que ya no es triste, no. Sonríe. Sonríe acordándose del abrecartas que pinchó las nubes, sencilla arma de chupatintas, pero una espada es una espada aunque solo sea de un palmo de largo. Y en esa sonrisa encuentra Dulce al nuevo don Alonso, que se burla de Sánchez y celebra el brillo de unos ojos verdes.

jueves, 14 de abril de 2016

Ola desde la isla desierta





El día que una ola salte más de lo convenido barrerá esta isla desierta, me alzará en su cresta y me depositará en la playa en la que nos conocimos. Tú estarás allí paseando. Quizá vayas de la mano con él, como nosotros en los buenos tiempos. Te acercarás con curiosidad a este pecio vencido. Seguramente no me reconocerás, la isla me ha cambiado tanto, por fuera y por dentro. Pronunciaré tu nombre, mi voz provocará una resonancia en tu memoria. Pero si no consigue tu temblor, si no me abrazas, un maremoto me arrastrará. Solo un beso puede atar el mar, hacerlo bailar a tu alrededor como un perrillo.

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Relato para REC del 7 de abril

miércoles, 13 de abril de 2016

Encuentro con Tadzio




Voy a un colegio en la provincia de Tarragona, a dar una charla a niños que han leído uno de mis libros. Comienzan a entrar los chavales en el aula, yo estoy en la tarima esperándolos. Entonces aparece entre ellos Tadzio. Sí, un niño idéntico a Tadzio el guapísimo principito polaco de la película “Muerte en Venecia”, de Visconti. Los mismos bucles rubios, el mismo corte perfecto del rostro, los mismos ojos atentos e inteligentes que me atrapan. Se sienta en la tercera fila del aula, frente a mí. Mientras el profesor del colegio me presenta no puedo dejar de contemplarlo, apenas puedo creer lo que estoy viendo. Él también me mira, serio y atento, y sus ojos me transportan al Lido, estoy recostada en una hamaca de playa contemplando al joven Tadzio sentado junto a la orilla. Lleva un jersey azul oscuro por cuyo cuello de pico asoma la camisa azul cielo, pero le sienta igual de bien que su habitual traje blanco de marinero, con esa elegancia natural y esa belleza que alumbra cualquier indumentaria. Oigo el mar y entre el murmullo de las olas, suena mi nombre, Purificación. Es la voz del profesor, que me saca levemente del ensueño, y como no deseo dejar de soñar, he de hacer un esfuerzo para volver, me digo firmemente: Puri, no, no estás en Venecia, ni en el Lido, esto es el colegio Camp Joliu, en Arbós, te encuentras delante de unos cincuenta niños, todos con el mismo uniforme azul marino y tienes que dejar de mirar a  Tadzio, por lo que más quieras, o se va a mosquear.
Los cincuenta niños se materializan en el aula soleada de la tarde y empiezo la charla. Les cuento cómo el dragón Waldo consigue salir de un libro y meterse en otros, y mi pequeño Tadzio me tiene tan prendada de él como al propio compositor protagonista de la película. Cambio de vez en cuando de interlocutor dirigiendo la mirada a los otros chicos, pero siempre que vuelvo a toparme con él permanezco unos instantes en esos ojos que me llevan a la melancolía de un Lido que ya no existe, de un balneario que se derrumbó. Con el turno de preguntas puedo liberarme de sus ojos, al saltar a los de otros muchachos curiosos que preguntan; él también hace un par de preguntas —no, no me pidáis recordar qué pregunta, solo soy consciente de su mirada— y cuando al final de la charla llega el momento de las dedicatorias en los libros y los chicos van pasando en fila a que les firme su ejemplar, por fin el muchacho se acerca a mí. Estoy a punto de escribir en su libro: “Para Tadzio”, porque ni siquiera en la proximidad el parecido se difumina, sino que se acentúa; pero su jersey azul me devuelve a la realidad —la única diferencia es ese atuendo, lástima que no sea blanco— y le pregunto su nombre. Tadzio resulta ser hoy Pablo y ese “Para Pablo” me distancia un poco de él, pero le digo que se parece al protagonista de la película Muerte en Venecia, sé que él no la conocerá, pero le sugiero que les pregunte a sus padres por ella. Contemplo a Pablo que se aleja con su libro bajo el brazo, lleva en él mis palabras que le desean sueños de dragones. Ahora sé que me hubiera gustado dedicarle ese libro con estas palabras: “Para Pablo, que me llevó a Venecia de la mano de Tadzio, con esos ojos que nunca volveré a ver”.

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Que me perdone Bjorn Andressen, el actor que encarnó a Tadzio, por utilizar su imagen, sé que no le gusta recordar a ese personaje que le dio fama mundial por su belleza. Sé también que él fue y es mucho más que un chico guapo. Pero la aparición de este niño me llevó de nuevo a esa película decadente y hermosa, cuyas imágenes y sentimientos todavía guardo en la memoria, y deseaba contar lo que sentí ante la mágica aparición de Tadzio en un colegio.

domingo, 3 de abril de 2016

Encuentros con lectores en colegio Els Pallaresos



Como todos los años por primavera, el jueves pasado tuve unos encuentros en colegios de Tarragona con lectores de mi libro Dragón busca princesa. Los encuentros suponen siempre un baño de optimismo, no hay nada más grato que ser recibida por un montón de sonrisas tímidas y picaruelas, que están ardiendo en deseos de conocerme, de preguntarme todas esas cosas que pasan por la cabecita de un niño cuando lee un libro. Me llevo además muchos regalos, dibujos de los chicos y me escriben cartas. En el colegio Sant Sebastiá de Els Pallaresos, esta vez dos niños me regalaron sus dibujos, el del dragón es el de Pau. Lo he elegido porque no es un dibujo normal, ¡es en 3D!!! No sé si se aprecia en la foto, el volumen está logrado con plastilina. También recuperé los dibujos que me hicieron los alumnos del curso pasado, que con las prisas al marchar se me olvidaron en el colegio. En cada uno de estos dibujos los niños me escriben unas palabras. Mientras esperaba el AVE en la estación para el regreso a Zaragoza, afortunadamente tenía sus cartas para leer, la hora y media de espera se me pasó en un suspiro entre sus dibujos y sus palabras. Un niño empieza así: “Hola buenos días o buenas tardes según cuando lo leas…”, la verdad es que piensan en todo. Se dice que los niños son sinceros, que dicen las cosas de corazón, no por quedar bien, así que me hincho como un globo cuando Mónica pone: “eres mi inspiración”, y otro niño: “escribe más libros”. 
Los niños, además de hiperactivos, pueden ser hiperbólicos y tan apasionados como Laura, que me escribe detrás de su guapísima princesa rubia: “y si no hubieras hecho este libro me hubiera aburrido el resto de la vida”. 


Otra niña, María, elige a la bruja Parla Parloti, uno de mis personajes preferidos, dibuja con todo detalle su casa y escribe con bonitas letras en distintos colores: “me encantó tu libro (…) sobre todo que pusieras la casa de la bruja Parla Parloti en una cueva o debajo de una cueva…”  (como podéis apreciar, su casa tiene todas las comodidades y electrodomésticos): 




Nuria me cuenta: “Mi personaje favorito es la princesa valiente, algún día me gustaría ser como ella”. Eso espero, que seáis valientes como la princesa, fuertes y con buen humor como el dragón Waldo, amantes de los libros y atrevidos como David, decididos y listos como Katia, poderosos y parlanchines como Parla Parloti. Y sobre todo espero que cuando seáis mayores no os olvidéis de ellos, aunque me temo que eso es mucho pedir...    

domingo, 27 de marzo de 2016

Los mujerales



©Mike Dempsey


Allí de donde yo vengo las mujeres nacen en los árboles. Primero son flores que abren sus pétalos en primavera. Exhalan un perfume que atrae a los hombres aunque se hallen muy lejos. Ellos riegan y cuidan los árboles en cuanto aparecen, a veces hasta cubren las flores para protegerlas de las heladas. Por las noches las flores se cierran y los hombres suspiran por ellas hasta el amanecer, momento en que se quedan dormidos. Por la mañana ellas abren sus pétalos, se estiran, y cada día van adquiriendo forma de hembra humana; primero salen las piernas colgando de la corola, después van cayendo las caderas, el vientre liso y suave, luego empiezan a asomar los senos redondos y los brazos que se alargan hacia el suelo; por fin aparece la cabeza y cuando caen los pétalos, es su larga cabellera la que las une a la rama. Se balancean bajo el sol, mueven los brazos y las piernas acariciando el viento, y su risa cae sobre los hombres como una lluvia picante que les hace cosquillas en los costados. Es entonces cuando mujeres y hombres están preparados. Con un impulso más fuerte, se sueltan del árbol y se lanzan sobre ellos, que las esperan con los brazos abiertos.

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Relato para un antiguo viernes creativo.

martes, 22 de marzo de 2016

El aprendiz


Ilustración de Elena Rovira Menaya


Las palabras que ha aprendido por la noche necesitan un refugio durante el día. Son palabras vampíricas, si las hiere un rayo de sol se deshacen en polvo, sin ningún efecto sobre los mortales. Por eso las guarda con tanto celo en el interior de su boca bien apretada, y la gente cree que es mudo, un poco retrasado. Es al atardecer cuando las palabras comienzan a agitarse en sus carrillos, que se le hinchan como tomates, y justo al caer la noche, ahúsa los labios y sopla una brisa que araña los corazones con la macabra salmodia del príncipe de las tinieblas.

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Un relato para REC con ilustración de mi hija Elena.