sábado, 23 de abril de 2016

La secretaria de don Alonso





Un pequeño homenaje a don Quijote, en el 400 aniversario de la muerte de Cervantes

* * *


Don Alonso arriba a la oficina, despeluchando su triste figura. Su secretaria, Claudia, observa el traje raído y demasiado pegado a sus huesos, debería comprarse uno nuevo, piensa, aún es joven y luciría como un galán, aunque ella sabe que si se priva de esos lujos es para poder pagarles a ella y a Sánchez el sueldo a fin de mes. Lo ve sentarse en la mesa con la mirada perdida en las nubes de la ventana. La camarera del bar de la esquina le ha servido como siempre el café, hoy se ha atrevido a mirarla de reojo, y, embelesado, le sonríe a su recuerdo. Aún conserva el sabor del café, aunque preferiría retener el de sus labios. Dulce, se llama, y así es, muchacha de miel y azahar…
La secretaria le pasa algunos documentos para firmar. Pero las letras de los informes se revuelven y se reordenan en un único y obsesivo nombre: Dulce. De repente sale de su ensueño, al percatarse de una inquietante ausencia.
—Claudia —pregunta bruscamente a la joven—, ¿y Sánchez?
—Bajó al café.
—¡Maldito Sánchez! —pero enseguida se disculpa: —Perdone, Claudia, no quería…
Se asoma a la ventana y ve en la calle a Sánchez, subiéndose el cuello de la chupa de cuero.
Claudia sabe que necesita un buen empujón:
—En vez de tanto libro de caballeros, dragones y ciencia ficción, debería leer alguna novelita rosa, de esas que le regala a su tía. Aprendería en ellas a regalarle unas flores, y a pedirle una cita...
—¿Pedirle una cita? ¿A quién?
—Vamos, no disimule, que he visto como mira a Dulce…
—Pero si no soy digno de ella...
—Reaccione, don Alonso. Mire que Sánchez la invitará a pasear en la vespa, le enseñará el atardecer desde la Rosaleda y se la llevará al huerto. Si lo sabré yo....
—¡Por favor, que mi Dulce es una dama...!
—Una dama, sí... ¡Pero no de piedra! Sánchez se las camela a todas. Pero no cabe duda de que usted, don Alonso, con su seiscientos, es mucho mejor partido; además tiene unos estudios, no como él… Si le lee unos versos de Neruda, la conquista seguro. Y si la tuteara...
—¿Tutearla? Eso es una falta de respeto a mi señora...
—¡¡¡Que falta de respeto ni que ocho cuartos!!! La moza tiene que estar ofendida, debe pensar que usted cree que tiene cuarenta y muchos en vez de treinta y pocos...
—Es como si la tuteara a usted, Claudia, no sería correcto.
—Pero si llevo ya seis años trabajando con usted, ¿no cree que podríamos tomarnos alguna pequeña confianza?
Don Alonso ya no la escucha, se vuelve a la ventana, coge el abrecartas y arremete contra las nubes; las pincha: ¡A la cargaaaaa…!
La moto de Sánchez pedorretea hacia el bar. Alonso duda todavía si bajar y adelantarle con el seiscientos. Su seiscientos es descapotable, además; aunque si llueve, no va abrir la capota, claro está. Por un lado, le duele traicionar al fiel Sánchez, pero… ¿Acaso ha pensado él en sus sentimientos? Coge las llaves del coche y se lanza escaleras abajo. Claudia, sonríe, pone los ojos en blanco y murmura: “Hombres…”.
Escucha un estrépito en la escalera y sale al rellano a ver qué ha ocurrido. Es Alonso que ha caído rodando, pero ya se ha levantado, este hombre estará escuchimizado, pero es más fuerte que un toro.
—¿Se encuentra bien?
—Entero y sin ningún hueso roto, hermosa Claudia, no se preocupe.
Sale del portal y divisa a Sánchez, está dejando la moto en la puerta del café, se apresura con el coche. Sabe que Dulce termina ahora su turno.
Dulce pasa la bayeta por la barra, cansada y aburrida, ni un minuto le queda para marcharse. Ve entrar a Sánchez y piensa que su horario de sonrisas ya se ha terminado. Mientras le pide un café, ella se está quitando el delantal.
—Ya he acabado por hoy, ¡Mari, guapa! —grita a su compañera—. Sírvele un café a Sánchez, anda.
—Con lo que me gusta que me lo sirvas tú, Dulce, caramelo de fresa. Si quieres, te invito a tomar algo fuera de aquí, te llevo en la moto donde quieras.
Dulce no lo soporta, esa melosidad bruta que parece manosearla…
—¡Uy, si está empezando a llover! —exclama Dulce, mirando a traves de la cristalera—. ¡Y me he  dejado el paraguas!
Pero ahí está Alonso, en la puerta, con una tímida sonrisa asomando entre las barbas que con una vocecilla, que apenas oye el cuello de su camisa, le dice:
—Precisamente tengo el coche aquí al lado, si quiere, puedo acercarla a su casa.
—Ay, qué amable es usted don Alonso, ya no quedan caballeros así más que en las películas. Un segundo que cojo mis cosas y salgo con usted.

En un momento, Dulce mata dos pájaros de un tiro: se ha librado del pesado de Sánchez, y ha conseguido coche para no mojarse. Salen y se alejan por la avenida, bajo la lluvia. El parabrisas lagrimea y el limpiaparabrisas escupe el agua, con un estruendoso roce  de gomas viejas. Qué manera más prosaica de cargarse el romanticismo de la lluvia tiene este seiscientos, piensa Alonso. Sánchez los sigue, culebreando con su moto pedorreta, como si fuera la escolta del caballero de la triste figura. Que ya no es triste, no. Sonríe. Sonríe acordándose del abrecartas que pinchó las nubes, sencilla arma de chupatintas, pero una espada es una espada aunque solo sea de un palmo de largo. Y en esa sonrisa encuentra Dulce al nuevo don Alonso, que se burla de Sánchez y celebra el brillo de unos ojos verdes.

10 comentarios:

Miguel jiménez salvador dijo...

Genial, Puro. Felices letras.
Abrazo

Elisa dijo...

Qué bonito el final, con el abrecartas que rasgó las nubes. Un cuento precioso.

Helena Martínez dijo...

Precioso!
Besos!! Helena

Purificacion Menaya dijo...

Miguel, gracias, Felices letras y libros también para ti.

Purificacion Menaya dijo...

Gracias, Elisa, una manera muy quijotesca de arreglar las cosas, ¿no? Este cuento es sencillo, para contárselo a tus alumnos.

Purificacion Menaya dijo...

Gracias Helena, un abrazo gordo!!!

carmenccincrochet dijo...

Aún tengo la carne de gallina al leerlo. Precioso y delicado. Un abrazo enorme!!

Purificacion Menaya dijo...

Gracias Carmen, un abrazo gordo

Miguel Ángel Pegarz dijo...

Precioso. Preciso.
No añado más.
Salud.

Purificacion Menaya dijo...

Gracias, Miguel Ángel, un placer tenerte de lector. Un abrazo